lunes, 2 de julio de 2012

RECETA: BIZCOCHO PÂO DE LÒ. HISTORIETA. LA VIDA SECRETA DE LAS RECETAS


Hace ya unos cuantos días que publiqué en facebook la foto de un pequeño pero importantísimo tesoro descubierto en el fondo de una caja de recetas, algunas muy curiosas, de la que hace mucho tiempo me había apropiado sin ser verdaderamente consciente de las joyas que en realidad contenía. Dicho sea de paso, pero sea dicho,   la foto en cuestión y que podéis ver unas líneas más abajo, obtuvo en esa red muchísimos comentarios y un record de "me gustas".

Ese tesoro escondido no era otro que 3 cuadernos manuscritos con recetas de mi abuela Romana, de su hermana, mi tía abuela Carmen, y un tercero que escrito por una de las dos, (para adjudicar la autoría creo que necesitaría los servicios de un experto calígrafo), que reza: "Recetas de Madre". O lo que es lo mismo, recetas de mi bisabuela Emilia. ¡Hay es nada!



Me emociona pensar que guisos,  que más que familiares son ya guisos genéticos, puedan ahora seguir viviendo en mi cocina y en mi. Si es cierto, y si no lo es tampoco es que me importe mucho porque yo lo creo y eso me basta, si es verdad decía, que no morimos del todo mientras vivimos en el recuerdo de otros, las mujeres de mi familia viven ahora un poco más. Resucitarán cuando me anime, que lo haré, a elaborar aquellas recetas, las suyas. Recetas llena de química, de la química obvia y literal y de la personal, que es con mucho, la que más me interesa a mi.


Me emociona pensar que esas manos, de las que algo de ellas  aún debería quedar en las mías, cocinaron en ocasiones especiales y hace ya mucho tiempo, platos que al no pasar al recetario familiar habitual y frecuente quedaron dormidos en esos cuadernos. 


Recetas de tiempos en los que el tiempo, aún midiéndose en la misma unidad en que hoy lo hacemos, no valía lo mismo ni se medía de igual manera. Tiempos largos, tiempos sin prisas. Tiempos de pucheros y de cocinas y hornos de leña. Tiempos sin los catalizadores  que ahora tenemos. Hasta me cuesta evocar, (y mal que me pese, porque tan niña tampoco soy), el mundo sin ollas ultrarápidas, sin  placas vitrocerámicas, y lo que es más difícil de imaginar aún, ¡El mundo sin  hornos microondas!.


Recetas de tiempos en los que no sólo el tiempo sino también el espacio debía medirse distinto. Recetas escritas en tiempos pre y postguérricos, donde se aprovechaba todo y como muestra de ello el papel, sin un sólo espacio en blanco, en el que estas recetas están escritas.


Recetas de tiempos en los que las cantidades se medían en unidades distintas a las que ahora usamos. Unidades que tendré que convertir con mucha mas dificultad de la que me supone traducir las cifras en euros de muchos ceros a pesetas. Recetas de un siglo anterior, medidas, escritas, cocinadas, saboreadas y disfrutadas en onzas y libras. Recetas que ahora tendrán que convertirse  a litros y kilos pero a litros y kilos que deberán aderezarse con la misma medida de  ilusión de antes, la misma ilusión que la cocina siempre necesitó y necesitará para crear, saborear y disfrutar un buen plato con que sorprender y obsequiar a las personas queridas que se sientan en nuestra mesa.


Me emociona pensar en las manos que tanto quise y aún recuerdo, escribiendo estas recetas a lo largo de sus largas vidas. Me emociona poder acariciar sus caligrafías  tan semejantes y parecidas, sólo distinguibles por la limpieza y el orden imperante en el recetario de mi tía Carmen, y por las abreviaturas y desorden del de mi abuela Romana. 


Me emociona lo que aún  puedo aprender, y lo que es mucho más divertido, lo que aún puedo intuír e imaginar de la vida de mis antecesoras sabiendo leer en  la vida secreta de sus recetas. Podemos imaginar, o hasta inventar, como de variada. imaginativa, diferente y divertida podía ser la persona que en los años 50 obsequiaba a los que llegaban a su  mesa con una ensaladilla americana o con un pollo al estilo árabe.



Me emociona aspirar y oler hoy  los cuadernos de recetas donde mi abuela Romana y mi tía abuela Carmen fuero apuntando las vidas de sus cocinas, y de alguna manera también sus propias vidas. Son palabras que huelen. Huelen a caja de madera, a papel antiguo, a polvos de talco, y lo que es más importante, huelen a las personas que iban conociendo, a las mesas donde iban comiendo y a las revistas, (muchas francesas), que iban atesorando. Huelen a los guisos de las zonas de España donde iban viviendo, a los de los países que iban conociendo... o simplemente soñando....Y huelen también a aquellos primeros coleccionables de TELVA  de los 60, que debían ser el no va más de la modernidad gastronómica doméstica de la época en España.

Y, para acabar con tanta emoción, y ya puestos, me emociona pensar si algún día un descendiente mío será capaz de imaginar y hasta inventar a su abuela, leyendo en la vida secreta de mis recetas.

Sólo hay una cosa que me preocupa, ¡mucho!, y que para colmo de preocupación, encima me recuerda a un anuncio de compresas: ¿A que huele un blog?
¿Cómo se aspiran y que evocación podrán producir las palabras escritas en fuente arial leídas en una pantalla de ordenador? ¿Cómo se esconde y duerme en el tiempo un recetario virtual? ¿En qué formato se conservarán mejor mis archivos de fotos y recetas? ¿Alquilo una nube? ¿Qué será dentro de 50 años un DVD?

Por mucho que intente imaginar que podrá evocar mañana todo esta modernidad que ahora disfrutamos y vivimos, no soy capaz. Lo que si sé es que hoy abro los manoseados cuadernos engomados y tienen olor. Toco el papel y la tinta y evoco vidas. Leo su caligrafía y puedo imaginar a mi abuela sentada en un pupitre del  colegio de monjas de Cluny donde aprendió a escribir en los años 20
Y lo que también sé, es que quiero que alguien de mi sangre un día lejano lea en la vida secreta de mis recetas, y me sueñe y me imagine como estoy ahora sentada ante un portatil Sony Vaio.

Mientras, y por si acaso, voy a empezar a recopilar mi recetas y a escribirlas a mano. Eso sí, con bolígrafo Pilot, en vez de pluma y en carpeta de anillas en vez de cuaderno  engomado....¡Que siempre hay que darle a la vida su toque de modernidad!



BIZCOCHO DE NUBE O PÂO DE LÒ PORTUGUÉS

Con esta receta estrené hace unos días los recién encontrados recetarios joya  de mi abuela y tía abuela. Ya he realizado, y lo que es peor, me he comido el bizcocho dos veces.

La primera vez resultó un bizcocho rico, pero sin nada  de lo que yo recordaba de aquellos bizcochos nube que mi abuela hacía siguiendo la receta de su amiga portuguesa Ana María Munáiz.

La segunda vez, ya fue otra cosa, ajusté un poco las cantidades y sobre todo la temperatura y tiempo del horno, y tal cual conseguí ese bizcocho esponja o nube que puede comerse a pellizcos. El pâo de Ló que yo recordaba

Como no soy buena repostera, (ya os dí en su día mis razones en la historieta de este post), tengo que suponer que esta receta  debe ser facilísima de hacer. Así que animaros y contarme que tal después!!


INGREDIENTES:

5 huevos de tamaño normal. (Si son caseros, o al menos de los que llaman "de corral", mejor).
1 taza tamaño te, de harina para repostería
1 taza tamaño te, de azúcar
8 cucharadas de agua hirviendo
1 sobre de levadura para repostería. (Yo usé el gasificante para repostería de Mercadona de dos sobres, blanco y morado).
1 pellizco de sal.
Mantequilla para untar el molde


APROXIMADO PROCEDER

Precalentamos el horno a 170º

Dejamos atemperar los huevos a temperatura ambiente. Separamos las claras de las yemas.

Con batidora de varillas, (si es posible), montamos las claras a punto de nieve firme con el pellizco de sal. Cuando estén casi montadas, comenzamos a añadirles el azúcar poco a poco mientras seguimos batiendo hasta obtener un merengue muy consistente. Reservamos.

Batimos las yemas durante 3 minutos, por supuesto también con la misma batidora. Pasado ese tiempo, ya estarán espumosas y poco a poco iremos incorporándoles las 8 cucharadas de agua hirviendo sin dejar de batir. En total debí batir las yemas durante unos 6 minutos. 


Poco a poco, con movimientos envolventes y lentos vamos incorporando las claras en las yemas



Cuando están totalmente mezcladas claras y las yemas, tamizamos poco a poco la harina en la que previamente habremos mezclado el sobre de levadura para repostería.


Lo hacemos, poco a poco y mezclando bien,  la harina que incorporamos de cada vez para que no queden grumos.

Enmantequillamos bien un molde de aro y vertemos en el la mezcla.

Horneamos, y aquí viene el secreto del punto, a fuego medio bajo a unos 170º, durante unos 20 minutos.
A partir de los 15 minutos de horneado, de vez en cuando pinchamos el bizcocho, (rapidamente para que no se baje), pero para estar preparados a retirarlo en cuanto   la aguja salga casi, casi, limpia.


Con el calor residual se terminará de hacer lo poquito que pueda faltarle y quedará tan jugoso como me quedó ese segundo bizcocho de la foto de aquí abajo. !Para comerlo a pellizcos!



Venga, animáos a hacer este bizcocho de nube o Pâo de Lò, portugués. Si mehasalido así de bien a las segunda, seguro que más de uno lo conseguís a la primera... Y ya me contaréis!!!

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