martes, 20 de diciembre de 2011

RECETA: MOUSSE DE MANGO. HISTORIETA: UN NUDO EN EL ESTÓMAGO




Hace ya tiempo, algún tiempo, que a veces, algunas veces, tengo la sensación de tener un nudo en el estómago. Por si fuese cierto que esa presión estomacal en mayor o menos medida puede aliviarla una simple vomitona, voy a intentar que del estómago que me duele, el del alma, salga un personal y particular alivio de sentimientos en forma de palabras.

Hace poco tiempo, tres días concretamente, que duermo peor de lo que ya es habitual en mi. No se si será porque la persona que más quiero del mundo hace tres noches me contó una conmovedora historia que me removió y me revolvió ese otro estómago: el estómago del alma.

Esa persona, la que yo más quiero del mundo, regresaba de su tiempo semanal de voluntariado en un vagón del metro de Madrid a última hora de la tarde. En una de las muchas paradas del recorrido se subió una señora y se colocó a su lado. Se fijó en ella porque su cercanía le trajo un ligero olor a alcohol. La señora no se movió. Sólo miró fijamente al suelo.

Al rato, la persona que más quiero en el mundo, oyó que en un murmullo solo perceptible para ella, la cercana señora murmuraba: “que vergüenza, que vergüenza”. Y siguió mirando al suelo, mientras a una el tren la acercaba a su destino y a otra se suponía que también.

Pasados unos instantes, en un volumen casi inaudible y sólo perceptible para su oído atento, joven, y muy cercano, la oyó decir: “Un, dos, tres…” también la oyó inspirar aire, fuerte, muy fuerte, desde el estómago. Vio como dejaba de mirar al suelo y oyó como comenzaba su discurso al tiempo que unos gruesos, imparables e inagotables lagrimones resbalaban por sus mejillas y se estrellaban contra el suelo del vagón.
La persona que más quiero del mundo, al oír aquel relato de desesperación y presenciar aquel naufragio en lágrimas, comenzó a llorar también, mientras reparaba en que ni una sola persona de las que ocupaban aquel vagón parecía inmutarse.

Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, aquellas cercanas personas no oían ni veían lo mismo que ella. Llegó a ser tal su pena y su vergüenza que lo único que consiguió hacer fue bajarse del tren en la primera estación en que se abrieron las puertas. Salió corriendo, sin pensar más. Llorando, mitad de pena, mitad de impotencia y cuarto y mitad de añadida vergüenza.

Imagino que sólo cuando reparó en que era aún mucho más humillante tener que pedir limosna que darla, fue cuando se volvió y quiso entrar de nuevo en el vagón para darle a aquella señora los casi 30 euros que llevaba en el bolso.
Como sucede tantas veces en la vida, fue en ese preciso instante cuando se cerraron las puertas y el tren arrancó, alejando poco a poco en la distancia, la desesperación, la tristeza y las lágrimas de aquella mujer invisible en un vagón repleto de personas que parecían no tener alma …

Yo, que como sabéis, presto atención y obediencia a las señales, (siempre y cuando estas no sean de tráfico), entendí que esto era precisamente eso: una señal. De esas, que si como yo, medio creéis en Dios, pueden antojarse señales medio del cielo…

Es una tontería negar que vienen malos tiempos, y que los próximos van a ser especialmente duros. Ni yo, optimista por naturaleza y optimista por carga genética, puedo ser tan estúpida para negarlo. En cualquier caso, también se y me consta, que después vendrán tiempos mejores. Las crisis obligan a sacar lo mejor de uno mismo. Obligan a ajustar, a reajustar, a valorar, a imaginar, a idear, a crear, a innovar.... y a trabajar. La escasez en definitiva nos ayuda a sacar lo mejor de nosotros. ¡la necesidad nos obliga a reinventarnos!.

Yo creo, y es mi opinión personal, que de lo único que NO es tiempo es de ahorrar. No es tiempo de ahorrar porque es necesario que los que podemos, en la medida que podamos, consumamos y mantengamos de la mejor manera posible esa rueda, (últimamente más cuadrada que redonda), que a trompicones hace girar nuestra economía

Yo creo, y es también mi opinión personal, que de lo único que SÍ es tiempo es de dar. Aquellos “negritos” y aquellos “cholitos”, (dicho sea con el más absoluto respeto), para los que tantas veces hemos pedido agitando aquellas sonoras y naranjas huchas del Domund, ya no sólo están en aquellos otros mundos de los que nos separaban océanos de distancia. Están aquí, están con nosotros y muchos, además, si es que la miseria pudiese hacer patria, muchos, son de los nuestros.

Como cantaban “Golpes Bajos” en aquellos maravillosos 80: “...Malos tiempos, para la lírica”…. No importa, si no es buen tiempo para la lírica, buscaremos otros géneros y otros estilos literarios. Nos quedará la poesía, para intentar rimar las estrofas de la vida y, (suponiendo que de alguna forma pueda considerarse género o estilo literario literario), nos quedará también el comic: ¡para ilustrarla!.

Y sobre todo, nos queda esperar no parecernos nunca a Susanita, aquella rubia amiga tonta de mi admirada Mafalda, que leyendo un día un periódico repleto de noticias de robos, guerras y asesinatos, se sorprendía a si misma exclamando en alto. “¡Dios mío, Dios mío, hay que ver que buena soy!”

Mi abuela decía que ser generoso era más un truco que una virtud, y que este truco no era otro que saber encontrar verdadera satisfacción personal en el acto de dar. ¡Y al final no va a ser mucho más que eso!

Ahora que dar nos cuesta más, porque nos sobra menos, quizá sea el momento de imaginar que si renunciamos a un mejor menú navideño, o a unas botas, o a un abrigo, (que curiosamente siempre nos hacen muchísima falta), lo que estamos consiguiendo no es un mejor sitio en un supuesto cielo, sino cumpliendo nuestro deber cristiano, (en versión atea, nuestro deber humano), para que alguien coma dignamente o para que unos niños sean, con mucho menos que los nuestros, mucho más felices una mañana de Reyes.

Imaginar cosas como estas me ayudan a rascarme el bolsillo, a darme cuenta de que soy verdaderamente afortunada, y a intentar, en justa correspondencia, no quejarme casi, casi de nada. Y no seré yo quien niegue que no sea hasta pueril esta fórmula personal así planteada…Será porque siempre he visto mucho bueno y nada malo, en conservar un buen cachito de inocente infancia que remiende los rotos de mi ya vieja alma…

NOTA:

Y se acercan las navidades, fechas donde los que sufren dolor y miseria, en injusta y proporcional correspondencia a las opulencias propias de estas fechas, ven exponencialmente elevadas sus tristezas y sus penas.

Con toda mi admiración por esas muchas personas buenas, y de entre ellas, Milagros Sanjurjo, mi suegra. Con toda mi admiración, digo, por esas personas que asumiendo un responsable compromiso para toda su vida, han sido capaces de encontrar verdadera satisfacción personal en sus sacrificios, sus renuncias y sus entregas.

¡Ojalá “de mayor” consiga ser como ellas!




RECETA: MOUSSE DE MANGO.

Os decía en mi anterior post que era difícil encontrar receta para acompañar esta inusual, triste, pero también esperanzada historieta.

Duelos y quebrantos, cardo, o amarguillos se me antojaban fáciles y “maridables” recetas, pero les faltaba el dulce.El dulce intenso de la esperanza.

Así que para compensar y esperanzar dulcemente aquí os dejo este fácil y lucido postre de mango


Ingredientes para 6 u 8 personas

1 lata grande de pulpa de mango de unos 800 grs (de venta en tiendas orientales y delicatesen, además de en muchos supermercados de Portugal)

2 yogures griegos

3 claras batidas a punto de nieve

Un buen chorro de leche condensada

6 u 8 galletas de canela

Trozos de chocolate negro


Aproximado proceder

Mezclar la pulpa de mango con los yogures griegos y la cantidad de leche condensada al gusto.

Incorporar las claras a punto de nieve con suavidad para que no se bajen.

En copas individuales, colocar en el fondo la galleta de canela en trozos, verter la mezcla de mousse de mango, y decorar con trozos de chocolate amargo.

Y ya me contaréis...

Nota: En esta foto intercalé con el mango capas de yogur griego para hacerlo más vistoso. Mezclando todo está más rico y es más fácil
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